jueves, 29 de junio de 2017

HAY VIDA DESPUÉS DE LOS 50



A partir de cierta edad uno se siente como si se volviera invisible. Es como si el mundo dejara de verte y de contar contigo porque al no producir activamente como antes, dejaras de interesarle. Esto que estoy diciendo puede parecer muy alarmista, pero la sensación que vamos teniendo los que pasamos de la franja de los 50 es que se nos va arrinconando, a no ser que mantengamos un vivo interés por consumir.
Hace unos cuantos años hubiera sido inviable que sucediera algo así pero lamentablemente, hoy en día estamos siguiendo unos hilos que conducen a una madeja de valores que llevan al alza al egoísmo y la avaricia, descartando  el buen hacer y la ética porque consideramos que no aportan un rédito a nuestros bolsillos.
La forma de mercantilizar la vida y rendir culto al becerro de oro, se apropia de lo más valioso de nosotros, que es la capacidad de asombrarnos ante lo sublime de la existencia, perdiéndonos la magia de maravillarnos ante un paisaje que nos revela la belleza, o a pasar de largo ante la elocuencia de un gesto plagado de ternura. En resumidas cuentas, nos volvemos ciegos y sordos a todo aquello que no requiere de estímulos sensoriales para simplemente acontecer.
Porque para captar la sutileza de la vida que es de donde nace nuestra capacidad de asombro se requiere silencio y quietud  (dos valores que no cotizan en estos tiempos)   Y es que las prisas con las que ahora nos movemos, la precipitación con la que  normalmente actuamos, nos impide ser conscientes de lo que se gesta en cada latido: El milagro de la propia existencia.
Los que hemos franqueado la cincuentena todavía estamos vivos, todavía sentimos y todavía queremos que se nos tenga en cuenta. Pero no tan solo porque podemos seguir consumiendo, no. Es que nuestras ganas de vivir siguen intactas y aunque no luzcamos cuerpos esbeltos y pieles inmaculadas, aunque no queramos seguir los cánones de la moda, o nos revelemos contra los tiempos que corren; somos válidos por nuestras vivencias, por nuestra idiosincrasia particular, por nuestra experiencia, por nuestra madurez y porque ya no tenemos nada que perder, con lo cual hemos ganado la batalla a los miedos que asolan en la juventud.
Por todo ello creo que nos merecemos el respeto de aquellos que creen que por ir más deprisa llegarán más lejos, o de los que nos miran con condescendencia porque creen que ya estamos desfasados, o de los que se niegan a escuchar nuestros sabios consejos porque ahora prefieren consultar  la Wikipedia.
El culto a la juventud eterna, a las pieles estiradas, a esconder los atributos del paso del tiempo como si fuera una vergüenza hacerse mayor me parece descabellado y triste, porque es como si negáramos una etapa que lejos de ser decadente, es sinónimo de estabilidad y florecimiento de valores más profundos.
Cada etapa de la vida es hermosa por lo que expresa y cada estación de la vida tiene su propia  relevancia, con lo que no podemos quedarnos atrapados en una de ellas y postergarla eternamente porque entonces no avanzaremos como sociedad. Y se necesita solidez, templanza y sensibilidad para crecer como individuos; valores que se desarrollan con el paso del tiempo y viviendo múltiples experiencias que son las que nos enriquecen.
Por eso pienso que es importante que los jóvenes levanten de vez en cuando las miradas de sus pantallas virtuales y se comuniquen plenamente con los que ya vamos siendo mayores. Que aprendan a tomarse el tiempo que se requiere para mantener una conversación, sin sentir el apremio por volver a conectarse con su smartphone .
 Que se dirijan a nosotros con respeto y desarrollen el placer de una grata conversación, porque su lenguaje puede llegar a empobrecerse si no lo utilizan con propiedad.
Esa es la labor más importante de aquellos que vamos siendo mayores. Recordar a los que vienen detrás y que a veces nos empujan porque nos consideran inútiles, que no todo en la vida se consigue por el camino de la impaciencia, de la temeridad, de la fuerza y de la agresividad. Que se necesita tiempo y espacio para escuchar la propia voz, porque de no hacerlo corren el peligro de  perderse en el tumulto de un mundo cada vez más ensordecedor.

martes, 13 de junio de 2017

REFLEXIONES DE UNA CUIDADORA







Me pregunto muchas veces quien se va a ocupar de mí cuando me haga mayor. Observo la vida desde un distanciamiento que me ha otorgado el ejercicio de esta profesión, donde la presencia del dolor y la muerte resquebrajan los pilares del egocentrismo.
Me doy cuenta que desde ese silenciar las necesidades, la vida adquiere un brillo y una vivacidad que traspasan el alma.
Me conmueve profundamente la sutileza desde la cual, capto esos matices que cuando uno anda tras sus sueños no percibe. Porque si andamos tras la felicidad es que no nos basta con lo inmediato, con lo que la vida nos regala desinteresadamente. Sin embargo el lecho de la muerte nos aguarda a todos más tarde o temprano.
¿Por qué postergamos el deleite de vivir, de gozar, de saborear tanta inmensidad? ¿Por qué ya nada nos arrebata?
Tal vez nos hayamos vuelto demasiado exigentes y nuestro afán desmedido por satisfacer nuestra comodidad, nos haya cegado y vuelto insensibles a lo sencillo y cotidiano.
Pero es que al morir no nos llevamos más que el calor de las sonrisas compartidas y los abrazos de los seres queridos, los cuales nos han reconfortado en los momentos de soledad.
Sí, el amor que hemos sentido, expresado y recibido; es el único don que nos consuela en ese instante donde cerramos los ojos a la vida, para decir adiós a todo lo conocido.
Sin embargo a medida que me hago mayor, observo a mi alrededor y siento un gran pesar por el desencanto que vivimos en estos momentos, gran parte del colectivo humano.
Porque en lugar de fomentar relaciones saludables entre nosotros basadas en la empatía, el afecto y el respeto mutuo; nos batimos en un duelo sin tregua donde el debate continuado solo busca establecer una lucha de poder.
Tal vez haya sido siempre así, no lo sé. Pero me gustaría creer que algún día seremos capaces de ir más allá de nosotros mismos, para representar la mejor versión de la vida.

viernes, 2 de junio de 2017

UN MUNDO EXTRAÑO

Este mundo es un lugar bien extraño...
Llaman locos a los poetas, a los enamorados, a los vagabundos, a los solitarios, a los desposeídos de todo, a los que nada quieren ni en nada creen.
 Sin embargo....
En sus ojos brilla el firmamento y en sus labios florece la primavera, por eso cuando hablan solo recitan poemas.
Sabedores de cuentos, relatos y leyendas, sueñan lo que viven y viven lo que sueñan.
Contemplan con asombro a los que apresuran sus pasos persiguiendo metas, mientras ellos observan la vida desde el lugar donde se encuentran.
Si, este mundo es un lugar bien extraño.
Llama cuerdos a los que cuentan el tiempo en lugar de contar estrellas.
A los que se afanan por ser alguien que no son.
A los que nunca sonrien porque sus sombras les persiguen de noche y de día.
A los que cierran sus manos y abren su cartera. A los que alardean, a los que vociferan, a los que agreden. A los que en lugar de andar, pisotean. Y a los que en lugar de amar, imploran y pordiosean.
Sí, este mundo es lugar bien extraño...
Llama locos a los cuerdos y a los verdaderos locos se les venera.