A partir de cierta edad uno se siente como si se
volviera invisible. Es como si el mundo dejara de verte y de contar contigo
porque al no producir activamente como antes, dejaras de interesarle. Esto que
estoy diciendo puede parecer muy alarmista, pero la sensación que vamos
teniendo los que pasamos de la franja de los 50 es que se nos va arrinconando,
a no ser que mantengamos un vivo interés por consumir.
Hace unos cuantos años hubiera sido inviable que
sucediera algo así pero lamentablemente, hoy en día estamos siguiendo unos
hilos que conducen a una madeja de valores que llevan al alza al egoísmo y la
avaricia, descartando el buen hacer y la
ética porque consideramos que no aportan un rédito a nuestros bolsillos.
La forma de mercantilizar la vida y rendir culto al
becerro de oro, se apropia de lo más valioso de nosotros, que es la capacidad
de asombrarnos ante lo sublime de la existencia, perdiéndonos la magia de
maravillarnos ante un paisaje que nos revela la belleza, o a pasar de largo
ante la elocuencia de un gesto plagado de ternura. En resumidas cuentas, nos
volvemos ciegos y sordos a todo aquello que no requiere de estímulos sensoriales
para simplemente acontecer.
Porque para captar la sutileza de la vida que es de
donde nace nuestra capacidad de asombro se requiere silencio y quietud (dos valores que no cotizan en estos tiempos) Y es que las prisas con las que ahora nos
movemos, la precipitación con la que normalmente actuamos, nos impide ser
conscientes de lo que se gesta en cada latido: El milagro de la propia
existencia.
Los que hemos franqueado la cincuentena todavía estamos
vivos, todavía sentimos y todavía queremos que se nos tenga en cuenta. Pero no
tan solo porque podemos seguir consumiendo, no. Es que nuestras ganas de vivir
siguen intactas y aunque no luzcamos cuerpos esbeltos y pieles inmaculadas,
aunque no queramos seguir los cánones de la moda, o nos revelemos contra los tiempos
que corren; somos válidos por nuestras vivencias, por nuestra idiosincrasia
particular, por nuestra experiencia, por nuestra madurez y porque ya no tenemos
nada que perder, con lo cual hemos ganado la batalla a los miedos que asolan en
la juventud.
Por todo ello creo que nos merecemos el respeto de
aquellos que creen que por ir más deprisa llegarán más lejos, o de los que nos
miran con condescendencia porque creen que ya estamos desfasados, o de los que
se niegan a escuchar nuestros sabios consejos porque ahora prefieren consultar la Wikipedia.
El culto a la juventud eterna, a las pieles
estiradas, a esconder los atributos del paso del tiempo como si fuera una vergüenza
hacerse mayor me parece descabellado y triste, porque es como si negáramos una
etapa que lejos de ser decadente, es sinónimo de estabilidad y florecimiento de
valores más profundos.
Cada etapa de la vida es hermosa por lo que expresa
y cada estación de la vida tiene su propia relevancia, con lo que no podemos quedarnos
atrapados en una de ellas y postergarla eternamente porque entonces no
avanzaremos como sociedad. Y se necesita solidez, templanza y sensibilidad para
crecer como individuos; valores que se desarrollan con el paso del tiempo y viviendo
múltiples experiencias que son las que nos enriquecen.
Por eso pienso que es importante que los jóvenes
levanten de vez en cuando las miradas de sus pantallas virtuales y se
comuniquen plenamente con los que ya vamos siendo mayores. Que aprendan a
tomarse el tiempo que se requiere para mantener una conversación, sin sentir el
apremio por volver a conectarse con su
smartphone .
Que se
dirijan a nosotros con respeto y desarrollen el placer de una grata
conversación, porque su lenguaje puede llegar a empobrecerse si no lo utilizan
con propiedad.
Esa es la labor más importante de aquellos que vamos
siendo mayores. Recordar a los que vienen detrás y que a veces nos empujan
porque nos consideran inútiles, que no todo en la vida se consigue por el
camino de la impaciencia, de la temeridad, de la fuerza y de la agresividad.
Que se necesita tiempo y espacio para escuchar la propia voz, porque de no
hacerlo corren el peligro de perderse en
el tumulto de un mundo cada vez más ensordecedor.

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