Parece que no se pueda vivir si no nos posicionamos o
identificamos con algún credo o ideología. Uno no puede ser como un lienzo en
blanco porque entonces la gente entra en pánico y no saben qué hacer contigo.
Basta con que te asomes al mundo para que observes el ruido
que se forma ante cualquier situación. Siempre se está comentando sobre algún
tema escabroso (ya sea político, social, o un simple marujoneo de barrio) Y en
cuanto captan tu presencia enseguida te acechan para que muestres tu opinión,
pues en sus reglas del juego necesitan saber de qué lado estás.
No puedes mostrarte neutral o conciliador porque lo que
requiere el mundo solo admite dos colores: O blanco, o negro. En este juego no
existen los matices ya que carecen de substancia y resultan aburridos. Por eso
la mayoría de la gente vive constantemente buscando la confrontación.
Y es que a través del arrobamiento que puede suscitar una
ideología, la emoción que la acompaña nos crea una imagen de identidad. Una
identidad que puede quedar dañada si alguien la cuestiona o la pone en duda.
Pero ¿Es necesario que vivamos siempre defendiendo una
imagen?
¿Importa tanto el lugar donde hemos nacido, el color de
nuestra piel o nuestras tendencias ideológicas?
Porque debajo de todas estas capas que hemos sobrepuesto
encima de nosotros, lo único que existe es un ser que goza, sufre, ama,
teme, siente hambre, frío, calor, envejece y muere. Y eso nos iguala porque poco importa cómo te llames, o si eres
judío, o musulmán, o católico. Has nacido y vas a morir igual que todos.
Y es verdad que somos muchos cuerpos, pero la vida que
observa a través de todas las miradas es la misma que palpita en todos los
corazones.
Por eso mi único afán es captar esa vida que nos sustenta a
todos por igual. Y a pesar de esos matices que nos hacen interpretar el mundo
de formas distintas, siempre voy a tratar de buscar ese espacio en común donde
podamos encontrarnos y dialogar.
Asi que me importa bien poco si tienes o no tienes pareja; si eres hombre o mujer; tus tendencias sexuales;
si eres ateo o sientes inclinación hacia una religión determinada, si tienes
hijos, familia, o si eres un misántropo empedernido. Lo que me importa es tu
presencia aquí y ahora, tu humanidad, lo que sientes, lo que te impulsa a
levantarte cada mañana y permite que estés ahora aquí conmigo, en ese lugar
donde podemos mirarnos a los ojos y reconocernos.
Porque soy de las que creen que se puede embellecer el paisaje del mundo a través de
nuestros actos cotidianos, de gestos plagados de ternura, a través de miradas
amables, de abrazos y caricias. Por eso prefiero abrir las manos para sostener en
lugar de cerrarlas para empujar. Prefiero silenciar
todas esas voces que exigen que me amuralle detrás de las ideas y abrir mi corazón, porque de ese modo el amor hallará la forma de sanar las múltiples heridas. Prefiero ser el
cambio que deseo ver en lugar de aferrarme a la crítica y al desprecio.
Por eso no voy a discutir o crear controversias. Mejor seguiré curioseando para descubrir quien se esconde detrás de todas estas ideas.
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