martes, 13 de junio de 2017

REFLEXIONES DE UNA CUIDADORA







Me pregunto muchas veces quien se va a ocupar de mí cuando me haga mayor. Observo la vida desde un distanciamiento que me ha otorgado el ejercicio de esta profesión, donde la presencia del dolor y la muerte resquebrajan los pilares del egocentrismo.
Me doy cuenta que desde ese silenciar las necesidades, la vida adquiere un brillo y una vivacidad que traspasan el alma.
Me conmueve profundamente la sutileza desde la cual, capto esos matices que cuando uno anda tras sus sueños no percibe. Porque si andamos tras la felicidad es que no nos basta con lo inmediato, con lo que la vida nos regala desinteresadamente. Sin embargo el lecho de la muerte nos aguarda a todos más tarde o temprano.
¿Por qué postergamos el deleite de vivir, de gozar, de saborear tanta inmensidad? ¿Por qué ya nada nos arrebata?
Tal vez nos hayamos vuelto demasiado exigentes y nuestro afán desmedido por satisfacer nuestra comodidad, nos haya cegado y vuelto insensibles a lo sencillo y cotidiano.
Pero es que al morir no nos llevamos más que el calor de las sonrisas compartidas y los abrazos de los seres queridos, los cuales nos han reconfortado en los momentos de soledad.
Sí, el amor que hemos sentido, expresado y recibido; es el único don que nos consuela en ese instante donde cerramos los ojos a la vida, para decir adiós a todo lo conocido.
Sin embargo a medida que me hago mayor, observo a mi alrededor y siento un gran pesar por el desencanto que vivimos en estos momentos, gran parte del colectivo humano.
Porque en lugar de fomentar relaciones saludables entre nosotros basadas en la empatía, el afecto y el respeto mutuo; nos batimos en un duelo sin tregua donde el debate continuado solo busca establecer una lucha de poder.
Tal vez haya sido siempre así, no lo sé. Pero me gustaría creer que algún día seremos capaces de ir más allá de nosotros mismos, para representar la mejor versión de la vida.

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